lunes, 2 de marzo de 2009

Ojos de perro azul


Dio dos chupadas al cigarrillo. Yo estaba todavía parado frente al velador cuando me quedé mirándola de pronto. La miré de arriba abajo y todavía era de cobre; pero no ya de metal duro y frío, sino de cobre amarillo, blando, maleable. "Me gustaría tocarte", volví a decir. Y ella dijo: "Ahora no importa. Bastará con que demos vuelta a la almohada para que volvamos a encontrarnos". Y tendí la mano por encima del velador. Ella no se movió. "Lo echarías todo a perder - volvió a decir, antes que yo pudiera tocarla-. Talvez si das la vuelta por detrás del velador, despertaríamos sobresaltados quién sabe en qué parte del mundo." Pero yo insistí: "No importa". Y ella dijo: "Si diéramos vuelta a la almohada, volveríamos a encontrarnos. Pero tú, cuando despiertes, lo habrás olvidado". Empecé a moverme hacia el rincón. Ella quedó atrás, calentándose las manos sobre la llama. Y todavía no estaba yo junto al asiento cuando le oí decir a mis espaldas: "Cuando despierto a medianoche, me quedo dando vueltas en la cama, con los hilos de la almohada ardiéndome en la mejilla y repitiendo hasta el amanecer: ojos de perro azul".
- Gabriel García Márquez
Ojos de Per
ro Azul (1950)

Tendría 13 años cuando lo leí por primera vez (después de haber leído Cien Años de Soledad) y desde entonces he querido ser escritor.

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